El 28 de agosto de 2022 entré en el Museo de la Evolución Humana sin demasiada ceremonia. La ciudad de Burgos, pese a ser verano, estaba tranquila. Llevaba años preparándome para el encuentro sin ser consciente de ello. Iba acompañado de Maite, o quizás era yo quien la acompañaba, de ella partió la idea, como en tantas ocasiones, y yo me dejé llevar... como en tantas ocasiones.
Museo, Yacimiento y CAREX (Centro de Arqueología Experimental), un programa completo, bien trazado, casi inevitable una vez puesto en marcha.
Tenía un objetivo claro: Miguelón, el Cráneo 5. No era una novedad para mí, al contrario, llevaba treinta años rondándome desde que en 1992 fuese anunciada su exhumación al mundo entero y revelada en las aulas de la Complutense por el propio Arsuaga quien por entonces no era más que un profesor universitario que llenaba las aulas... ahora llena auditorios.
Miguelón fue creciendo conmigo a través de libros, artículos, fotografías e incluso con una réplica con calidad de museo adquirida cuando mi maltrecha economía así lo permitió años más tarde. Me costó más de lo razonable, aunque no me arrepiento, la he observado con obstinación durante años, he pasado los dedos por suturas y trayectorias de fractura que conozco de memoria pensando ingenuamente que eso me prepararía para el encuentro.
No lo hizo.
Cuando por fin me encontré delante del cráneo original sentí vértigo, ya no se trataba de una réplica como sucede en otros museos. El hueso estaba ahí, no representaba nada, era.
Desde el 13 de mayo del año de mi visita, y día en el que desperté con 53 años habiéndome acostado con 52, Miguelón se expone junto con siete de sus vértebras cervicales, detalle que cambia por completo su percepción, deja de ser una cabeza flotante y empieza a parecer un cuerpo posible.
Pensé entonces en el recorrido extraño que culminaba allí, en ese preciso instante: las clases en la universidad, los libros comprados casi sin pensarlo, la réplica en casa, el viaje a Burgos. Todo parecía una secuencia lógica solo después de haber ocurrido, antes no. Maite fue la primera en notarlo, no dijo nada, su silencio no resultó incómodo sino exacto, me conoce demasiado bien.
Salimos del museo sin prisa, caminando. Comimos y Burgos hizo lo que sabe hacer mientras Miguelón permanecía en mi retina. Pensé en la réplica que me esperaba en casa, en la diferencia entre tocar una copia y haber estado frente al original... algo cambió, aunque no sabría decir qué.
