En una sala discreta del Museo Británico, tras el cristal de una vitrina iluminada con fría precisión, descansa una calavera tallada en cuarzo transparente. A primera vista parece inerte, y lo es, pero basta una mirada a su superficie pulida para sentir que algo desde su interior te devuelve la mirada.
Durante más de un siglo este objeto ha sido el epicentro de una de las controversias más sugerentes de la historia del coleccionismo y el misterio arqueológicos.
A principios del siglo XIX, cuando Europa se embriagaba con el hallazgo de civilizaciones perdidas, comenzaron a circular rumores sobre cráneos tallados por los mayas o los aztecas, símbolos de sabiduría... y muerte. Atraídos por el misterio de lo exótico, anticuarios y museos compitieron por obtener alguna de aquellas piezas. Fue entonces cuando el nombre de Eugène Boban, un comerciante francés que había vivido en Méjico, comenzó a sonar entre marchantes y coleccionistas. Boban ofrecía calaveras de cristal que, según afirmaba, provenían de antiguas ruinas mesoamericanas. Eran perfectas, tan precisas que parecían hechas por manos guiadas por una tecnología fuera de su tiempo.
Una de esas calaveras, la más célebre, acabó en Londres adquirida en 1898 por el Museo Británico a través de la joyería Tiffany and Co. Desde entonces ha sido observada, admirada y temida por millones de visitantes entre los que me incluyo. Durante años se la presentó como un vestigio azteca, un objeto ritual vinculado con los dioses de la muerte. Algunos llegaron incluso a decir que, bajo la luz adecuada, desprendía energía o provocaba visiones.
Pero la ciencia, paciente y meticulosa, comenzó a levantar el velo del mito. A finales del siglo XX, expertos del propio museo y del Journal of Archaeological Science examinaron la calavera con microscopios electrónicos y espectros de luz y lo que descubrieron no fue menos asombroso, aunque en otro sentido, las superficies del cuarzo mostraban marcas curvadas, uniformes, propias de máquinas rotatorias modernas, en los intersticios quedaron restos de abrasivos industriales imposibles en el mundo prehispánico y, lo más revelador, el tipo de cuarzo utilizado no existe en los yacimientos mesoamericanos sino en los de Brasil y Madagascar cuyas canteras fueron explotadas comercialmente solo a partir del siglo XIX.
Paradójicamente, cuando el engaño fue revelado, su poder no se extinguió, al contrario, el aura del fraude aumentó su magnetismo. La calavera se convirtió en un espejo del propio ser humano, de su deseo de creer, de su inclinación a atribuir y encontrar lo sobrenatural donde no lo hay. La ciencia la despojó de su máscara precolombina, pero no pudo borrar la vibración que provoca en quien la observa y ese es el misterio, no lo que fue sino lo que sigue siendo, una metáfora de nuestra relación con el conocimiento y es que cuanto más comprendemos más conscientes somos del vacío que queda.
