No sabría decir cuándo empezó esta inclinación por mirar el mundo con más preguntas que respuestas. Quizá fue culpa de un libro, o de un ave detenida en una rama cualquiera, o de un fósil que parecía contar una historia que nadie había terminado de escribir. Desde entonces, la curiosidad se volvió una compañera fija, discretamente insistente, acompañándome en cada lectura, en cada trazo, en cada observación. 

Estudié Geología en la Universidad Complutense, pero en algún momento comprendí que el aprendizaje más profundo no siempre transcurre dentro de las aulas. Mi verdadera formación ha sido errante, autodidacta y obstinada; hecha de libros comprados en librerías de viejo, de anotaciones apresuradas en cuadernos, de dibujos que nacen de la necesidad de comprender mejor lo que escribo, y de textos que intentan aclarar lo que el dibujo apenas insinúa. 

No soy un experto ni un académico, y nunca he pretendido serlo. La ciencia, para mí, es una forma de pensar antes que una autoridad, y el rigor habita también en la duda. Por eso escribo y pinto desde la ornitología a la paleontología, de la paleoantropología a la arqueología, sin olvidar los misterios que siguen rodeando a las civilizaciones pasadas. No busco sentar cátedra ni cerrar debates; prefiero acompañar preguntas y compartir el camino. 

Rondo ya los cincuenta y siete años —más cerca de ellos que de los cincuenta y seis— y aún no he logrado curar un vicio que arrastro desde siempre: la compulsión por comprar libros. Nuevos, usados, subrayados, raros, agotados. Libros que son herramientas, testimonio y compañía. Con ellos organizo mi propio archivo de conocimiento, que no aspira a ser definitivo ni completo: es simplemente el registro de mi modo personal de aprender. 

Mis cuadernos son, quizá, el lugar donde todo encuentra sentido. Allí se mezclan notas, fechas, teorías, hipótesis, aves, huesos, civilizaciones desaparecidas, mapas y escenas de un pasado remoto que a veces imaginamos más de lo que podemos reconstruir. Esos cuadernos los guardo como quien guarda un legado silencioso, no solo para mí, sino para mis hijas, por si un día desean entender quién era su padre cuando escribía y dibujaba tratando de ver un poco más allá del presente. 

Este espacio —estos blogs— son la prolongación natural de esos cuadernos. Aquí comparto lo que leo, lo que descubro, lo que sospecho y lo que me intriga. Trato de hacerlo con el mayor rigor posible, pero sin solemnidad; con respeto por el conocimiento, pero también con la libertad del que no tiene nada que demostrar. Si hay algo que me ha acompañado siempre es esa sensación de asombro: la certeza de que aún queda mucho por aprender, y de que vale la pena intentarlo. 

No sé si todo esto constituye una biografía, pero sí sé que es una forma de presentarme: alguien que escribe, dibuja y pregunta. Alguien que mira hacia el pasado para entender el presente. Alguien que decide compartir su curiosidad porque, al hacerlo, la curiosidad se vuelve más grande y fértil. Y quizá esa sea la razón última por la que sigo aquí.