Londres. Una sala iluminada por una luz difusa. Paredes cubiertas por imágenes esculpidas que aún hoy, milenios después, corta el aliento. Un león se retuerce en agonía. Otro ruge en un último acto de desafío. El rey avanza, su arco tensado, su mirada implacable. Es una historia de poder y de muerte narrada en piedra.
Los relieves de la “Cacería de leones del rey Asurbanipal” son, sin duda, una de las grandes maravillas que habitan el Museo Británico de Londres. Fueron creados en el siglo VII a. de C. en los pasillos del palacio de Nínive, la capital de Asiria, en lo que hoy es Irak. Eran tiempos de grandeza y de violencia, un imperio en su apogeo gobernado por un monarca que debía demostrar, una y otra vez, su fuerza y derecho a gobernar. La cacería de leones no era solo un deporte real, era un ritual de dominio. El monarca, como elegido de los dioses, debía someter a la bestia más temida de la naturaleza. Un espectáculo para inspirar reverencia y temor.
Los artistas, cuyos nombres se han perdido en las arenas del tiempo, eran maestros del detalle y de la narrativa visual. Bajo sus manos la piedra cobró vida. No eran meros decoradores de palacio, eran cronistas, testigos de que el poder se forjaba a golpe de espada y mandato divino.
Siglos después todo cambió. El tiempo enterró a Nínive bajo arena y olvido hasta que un explorador británico, Austen Henry Layard, llegó con su pala, sus mapas y su ansia por descubrir. Excavó entre las ruinas de la antigua ciudad y, entre polvo y escombros, desenterró los relieves. En su mente no eran meros fragmentos de una civilización extinguida sino trofeos de una conquista intelectual. Fueron trasladados al corazón del Imperio Británico, a Londres, donde aún permanecen.
¿Por qué no reposan estos relieves en su lugar de origen?. La respuesta es la historia misma, la historia del saqueo disfrazado de descubrimiento, la historia del poder moviendo piezas en un tablero invisible. Fueron llevados a Londres porque podían ser llevados a Londres, porque en el siglo XIX las reglas las escribía quien tenía barcos, ejércitos y museos, porque las guerras y los imperios no solo conquistan tierras, también conquistan narrativas.
Ahora, en una sala iluminada por luz difusa, los relieves permanecen mudos, testigos de su propio viaje. Observan a los visitantes que pasan frente a ellos con cara de asombro e indiferencia. La piedra sigue contando su historia, la de un rey que cazaba leones para demostrar su fuerza, la de un explorador decimonónico que buscaba tesoros bajo la arena, la de un mundo donde la historia es una posesión que se gana, se pierde y se exhibe en vitrinas de museo.
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Juan Carlos Gálvez
Hay grandeza en esta concepción según la cual la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada en un reducido número de formas, o en una sola,...
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