Todo empezó en una de esas semanas que parecen diseñadas para romperte. Días en los que las horas no alcanzan, en los que las llamadas se suceden con la cadencia de un tambor de guerra y el café deja de ser un placer para convertirse en un sistema de soporte vital. Una de esas semanas en las que, de repente, te sorprendes mirando el cursor parpadeante de la pantalla sin recordar qué se supone que estabas escribiendo.
Fue en ese estado de saturación mental cuando mi mano, por puro instinto, tomó un bolígrafo y comenzó a trazar líneas sobre la hoja de una libreta que había quedado abandonada junto al teclado. Sin pensar, sin planificación, solo líneas que al principio no eran nada y luego, como si hubieran estado esperando a ser descubiertas, se convirtieron en la silueta inconfundible de un dinosaurio. Un saurópodo de cuello largo y cuerpo robusto que emergió como un viejo amigo de la infancia.
Cuando terminé el dibujo, noté algo extraño. Algo había cambiado en mi cabeza. La niebla se había disipado un poco. Sentí un alivio similar al de cerrar los ojos después de un largo día. No era una sensación grandiosa ni reveladora, solo una pausa, un respiro, como si ese Brachiosaurus, con su cuello extendido y su expresión impasible, hubiera absorbido parte de mi ansiedad.
Quizás la Dinoterapia no sea una ciencia. Quizás sea solo un capricho personal, una pequeña manía sin mayor significado. Pero funciona. Y en un mundo que avanza con la brutalidad de un meteorito en caída libre, cualquier refugio, por más extraño que sea, merece ser celebrado.


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